Fuera de la burbuja

 

Había escuchado muchas veces eso de que cuando nos encontramos en experiencias cercanas a la muerte vemos toda nuestra vida ante nuestros ojos en un segundo. Sin embargo, la muerte amenaza con tardar bastante más que un segundo, así que mientras vago esperando que mi maldito fin llegue de una vez, soy yo misma quien me pongo a recordar mi vida, las partes que quiero. Las mejores, por qué no.

Los veranos que esperaba con ilusión, porque iríamos lejos de las megaciudades a una reserva en las montañas para poder ver las estrellas y las perseidas. Me sentía afortunada, porque la mayoría de niños con menos recursos no conseguían alejarse lo suficiente de los enormes entramados de torres como para poder ver el cielo. No sin arriesgarse a perderse y que los secuestraran las bandas criminales o algún droide mal programado que los de la empresa de mi madre tiran a veces por ahí. Ella siempre me advirtió para que no saliese de las torres más que a través de las cápsulas y bajo supervisión. Y a pesar de todo ese miedo que me infundió, fue en los niveles más bajos donde conocí a quien más he querido en mi corta vida.

―Pero ya apenas hay viajes al espacio, sólo para estudiar cosas a la Luna. ¿Para qué quieres ser astronauta? ―me preguntó una noche de verano, mirando las estrellas en la reserva. Fue el primer año que convencí a mis padres para que invitasen a mi novia.
―Yo quiero ir más allá de la Luna, como se hacía antes ―respondí con entusiasmo y aire soñador―. Quiero descubrir mundos nuevos, quiero encontrar más cosas de las que nos dicen que hay. Seguro que las hay. El universo es enorme, tiene que haberlas, sólo por probabilidad…
Casi parecía que era a mí misma a quien quería convencer.
―Después de lo de Marte, ya no se buscan esas cosas. Además, ¿para qué? El siglo pasado se pensaba que el mundo iba a acabar destruido y que por eso debíamos buscar otro hogar, pero eso ya no es un problema. Ya no se van a acabar la comida ni el agua.
Debía reconocer que sabía cómo discutir algo. Casi todos sus debates terminaban con ella teniendo razón, pero lo explicaba tan bien, que no podía enfadarme por ello. Adoraba poder conversar con alguien tan inteligente.

Pero no, ni ella ni nadie pudo hacerme desistir de mi sueño de ser astronauta. Además, el Centro Superior de Estudios Espaciales estaba en la misma torre que el de Robótica, por lo que podía encontrarse con mi chica al terminar las clases. A veces me cruzaba con mi madre también, pues iba a dar charlas como experta. Fue en esa época cuando conoció de verdad a mi novia, y empezó a sentirse orgullosa de que su nuera sí que compartiese su pasión. Aquellos fueron los años más felices de mi vida. Ahora, esperando la muerte en el vacío más absoluto y aterrador, no puedo evitar sonreír y derramar una lágrima de felicidad que no tarda en congelarse.

Peor me fue cuando me gradué y empecé a trabajar como astronauta. Durante mis lecciones en el Centro no había tenido ocasión de debatir demasiado con los compañeros, pues los pocos que se presentaban en persona estaban muy atareados, y lo mismo se podía decir de los tutores. Fue en la Plataforma Espacial cuando  pude por fin discutir con mis compañeros de trabajo sobre lo que quería hacer.
―Pues yo estoy aquí porque quiero descubrir mundos nuevos ahí fuera.
―Eso ya se descubre mediante los supertelescopios y las técnicas de los de Observación ―replicó un compañero, señalando con el pulgar a sus espaldas como si la siguiente torre no estuviese a varios kilómetros―. Me parece que te has equivocado de lugar.
―Pero yo quiero salir y llegar a esos mundos, no sólo observarlos y estudiarlos.
―Eso ya no tiene sentido. La colonización de mundos externos dejó de importar cuando se estabilizó la Tierra, y especialmente después de lo de Marte. No va a volver a pasar. Sólo queda una nave capaz de los viajes por salto, la Horizonte, y se usa sólo para tomar muestras objeto de estudio en entornos conocidos.
Siempre me mencionaban el mismo ejemplo. Que sólo porque el primer intento de colonia extraterrestre hubiese fracasado ya no se pudiera viajar más era algo que me irritaba sobremanera. Y aun así, el hecho es que ese punto rojo que debía de verse del tamaño de Venus ya nunca se iba a poder observar. Pero precisamente por eso habríamos aprendido, no tenía por qué pasar otra vez, no se podía dejar que eso limitase las posibilidades.
―¿Y si encontrásemos otras formas de vida? ¿No sería eso fantástico? ―Sentía que me impacientaba al no encontrar apoyo―. ¡Incluso civilizaciones! Podríamos aprender tanto si…
Los compañeros que estaban comiendo todavía casi escupieron sus bocados. Todos se reían de mí.
―¿Es que no estudiaste la ley de Fermi? Es imposible que haya ninguna civilización por ahí, porque ya habríamos encontrado algo.
―¡Era una paradoja, no una ley! ―grité, perdiendo los papeles.
No pude continuar explicándome porque las risas subían de tono y ya no sólo había compañeros mirándome. Me fui airada. Ellos no lo entendían, pero debía haber algo más. Lo que no esperaba es que haberme puesto a gritar como una energúmena en mitad de la cantina me iba a abrir puertas. A veces un recuerdo malo se transforma cuando la perspectiva del tiempo le da el contexto adecuado.

Al día siguiente, el director me hizo llamar.
―Señorita, la hemos hecho llamar por su impecable perfil, obviamente, pero no únicamente por eso ―dijo en cuanto se cerró la puerta de su despacho―. Al parecer, está usted muy interesada en descubrir mundos nuevos, como se hacía antes de la crisis de Marte.
Enrojecí hasta las cejas y miré el suelo. Deseé que mi expediente fuese lo suficientemente bueno como para que perdonaran mi alboroto.
―No se ponga así, no es nada malo. Acérquese, me gustaría que viese unas imágenes. Las ha tomado recientemente el nuevo prototipo de supertelescopio.
No dijo nada más, aparte de tenderme unas imágenes en blanco y negro, algunas con líneas a lo largo. Eran mapas de radiación, masa y demás parámetros, con líneas uniendo los puntos del espacio en los que la variable medida tenía el mismo valor. Conocía bien ese tipo de imágenes, pero estas tenían algo diferente. Esos tipos de  isolíneas solían trazar círculos, óvalos o formas más o menos irregulares, pero siempre curvilíneas. En estas, había una especie de línea recta invisible en torno a la cual todas las líneas hacían un ángulo y repetían el mismo patrón pero inverso.
―Parece como si hubiera un espejo aquí en medio ―sugerí sin dejar de mirar las imágenes, no muy convencida―. ¿Están bien calibradas las lentes y los…?
―Créeme, las fotos han sido repetidas numerosas veces y todo ha sido revisado concienzudamente. Lo curioso es que esta región del espacio no está tan lejos como podrías pensar por el hecho de que la haya capturado el nuevo prototipo, simplemente es muy pequeña. Es una zona a la que la Horizonte podría llegar.
Dio una pausa teatral, evaluando mi rostro con una media sonrisa y una ceja alzada. Empecé a sentir que el corazón se me desbocaba. ¿Estaba insinuando…?
―Evidentemente, una sospecha tan peregrina sólo podrá contar con voluntarios que firmen la asunción de riesgos. Pero como ya vimos que el tema del descubrimiento parecía interesarle…
―¡Por supuesto! ―grité casi saltando.

Así me acabé encontrando a bordo de la Horizonte. Éramos seis. Yo manejaba los mandos y revisaba que toda la nave fuese bien. Los demás eran una ingeniera, un cartógrafo espacial, una bióloga, una médica y un psicolingüista. No sabía si necesitaríamos ayuda en la comunicación, pero mientras tanto, sus estudios sobre psicología nos sirvieron de apoyo emocional. En cuanto llegamos a la anomalía y anclamos la nave, el cartógrafo situó la baliza y se puso a recoger y enviar datos. La ingeniera me invitó a observar más de cerca la anomalía y acepté. Me gustaba estar con ella. Mi novia no había aceptado que me embarcara en aquel proyecto y me dejó en cuanto firmé los papeles. Había tenido tiempo durante el largo viaje de recuperarme con ayuda del psicólogo, y después no había podido evitar notar que era bastante agradable cada momento que pasábamos juntas. Hasta me empezaba a parecer guapa.
Nos acercamos con cuidado a la difusa línea que teníamos ante nosotros. Toda la nave estaba anclada a un satélite cercano con trampas de gravedad, pero ahí fuera el extraño empuje se sentía mucho más. Todo nos empujaba a la extraña línea que había ante nuestros ojos. Era como una brecha abierta, que se iba cerrando a lo lejos, pero que apenas se distinguía bien del fondo. Como si fuera una rotura en una pantalla de grafeno. 
Utilizamos la pistola de bengalas con transmisores que traíamos para disparar al centro de la brecha y comprobar el empuje. El proyectil salió hacia su objetivo con una velocidad mucho mayor de lo normal, y siguió aumentándola de forma exponencial. Después de un  rato, cuando podíamos calcular que habría llegado hasta la anomalía, dejó de acelerar y siguió adelante hasta perderse de vista sin ninguna variación en su trayectoria. Era extraño, pensábamos que tras alcanzar la máxima elongación volvería hacia la anomalía hasta que el movimiento se hiciese periódico o nulo, a merced de esa atracción tan fuerte. Pero siguió alejándose a velocidad constante hasta desaparecer de la pantalla donde observábamos, cómo si esa fuerza sólo actuase desde un lado. Ni al hacerlo explotar conseguimos que sus partículas volviesen hacia la brecha.
A continuación probamos a disparar por encima de la anomalía, para ver de qué modo aquella fuerza gravitatoria afectaba a la trayectoria. No esperábamos el resultado.
El proyectil se dirigió directo a una zona un poco por encima de la brecha translúcida sin trazar la esperada parábola ni desviarse lo más mínimo y… chocó. Dio contra algo, explotó, y la extraña textura translúcida que rodeaba la brecha se pudo ver también en el lugar del impacto, extendiéndose como una onda. Sobrecogidas, contemplamos, como si hubiésemos tirado una piedra a un estanque, la sucesión de ondas que surgían del lugar donde había impactado el proyectil y que se extendían por todo el espacio visible a nuestros ojos, siempre siguiendo una especie de plano invisible.
―¿Acaso esto es como una pared?
La voz de mi compañera fue lo último que escuché antes de que una enorme luz se empezase a vislumbrar a través de la grieta, aumentando su intensidad cada vez más. Definitivamente, había un muro invisible ante nosotros, un espejo, como había dicho sin apenas reflexionar la primera vez que vi los mapas de isolíneas. Porque era imposible que algo capaz de producir tanta luz sólo se viese a través de ese hueco y no por todas partes.

Cuando desperté, creí que la luz me había dejado ciega, porque sólo veía eso, luz. Después miré mi propio cuerpo y eso me tranquilizó momentáneamente. En seguida empecé a hiperventilar por no saber dónde se suponía que estaba flotando, por qué no veía nada más y dónde estaban sus compañeros.
Como si hubieran leído mis pensamientos, un suelo apareció a mis pies. Era el de la terraza de la reserva, con las mismas butacas para sentarse y las mesitas, aunque el lugar seguía siendo inmenso y sin fin. También aparecieron mis compañeros.
―Ah, menos mal que os veo ―dijo la ingeniera abrazándome fuertemente―. Pero, ¿cómo hemos llegado a la sala de reuniones de la Plataforma?
―No, estamos en el Zoológico de especies extintas ―dijo el biólogo.
―Todos estáis donde os gustaría estar.
Empezamos a mirar a todas partes, pero no vimos quién había emitido esa voz tan melosa y carente de entonación.
―Perdonad que no entremos, pero no podemos arriesgarnos a entrar en contacto ―volvió a hablar, sin que sirviera para indicarnos de dónde venía el sonido.
―¿Quiénes sois? ¿Cómo es que habláis nuestro idioma?
―Podemos hablar cualquier idioma que hayamos observado lo suficiente. Me han asignado para que contacte con vosotros y os de respuestas, algo que toda especie racional ansía, mientras deciden vuestro futuro. Pero el quiénes somos no es de vuestra incumbencia, no de momento.
Nos miramos unos a otros. Sabíamos que nuestras cabezas bullían en preguntas, pero estábamos a merced de seres que nos habían puesto en un lugar que nos hacía ver cosas diferentes a cada uno basadas en nuestros propios recuerdos. Estaba claro que nos enfrentábamos a algo mucho mayor de lo que nunca hubiésemos imaginado, y no debíamos meter la pata. Entre susurros, decidimos que uno preguntase lo que más nos intrigaba.
―¿Qué era ese muro?
―Bien, como alguno de vosotros ya ha adivinado, aunque no se atreva a expresarlo ―El cartógrafo cambió de postura, inquieto―, no se trata de un muro, sino de una cúpula, una burbuja enorme, dentro de la cual está vuestro universo conocido. Por supuesto, la parte del espacio que creéis conocer es mucho más pequeña en realidad. La esfera replica en cierta medida lo que se encuentra al otro lado, haciendo uso de dimensiones que no podéis comprender. Por desgracia, un error de cálculo hizo que la pantalla no se alinease bien en un punto, haciendo que la imagen dada no fuese uniforme. Como ocurre con el espejo de las cajas mágicas si no se alinea bien, que se ve el reflejo en lugar de dar la ilusión de que se ve el fondo.
Me ruboricé. Era la comparación que se me había ocurrido, y aunque la voz seguía sin cambiar el tono, tenía claro que se había dirigido a mí. No pude evitar comprender entonces por qué habiendo observado tal amplitud de espacio como creíamos, no nos habíamos cruzado con nadie aun. Tenía que estar ahí, detrás del espejo.
El portavoz transmitió la siguiente pregunta, sacándome de mi ensimismamiento. 
―¿Por qué está eso ahí rodeándonos?
―Pusimos la esfera para aislaros del resto del universo, que no necesitáis conocer. 
Esa asunción tan tajante nos ofendió a algunos. Era como si se nos hubiese prohibido algo que ni siquiera habíamos tenido ocasión de conocer. Yo me sentía fuera de mí, aunque el estupor me impedía reaccionar.
―Sí, la hicimos nosotros. Para vuestro consuelo, no sois la única especie que hemos considerado aislar. 
―¿Por qué?
―Tras vencer a la otra raza inteligente de nuestro sistema, fuimos conscientes de un problema que seguimos encontrando al explorar otras galaxias y otros cúmulos. Las especies destructivas sobresalen a base de eliminar toda competencia. Cuando han acabado de destruir su planeta, saltan a otros y repiten. Cuando sus conocimientos les permiten ir más allá, siguen expandiendo su forma de imponerse. Si alguna raza llega demasiado lejos, podría encontrarse en la posición de destruir el Universo ―al decir eso, su tono impertérrito se volvió casi agresivo―. Y el encuentro de una raza así con otra similar, sólo supone más destrucción. 
La voz hizo una pausa. Algo en aquel discurso me estaba causando una gran desazón. A juzgar por las expresiones disgustadas de mis compañeros, en ellos estaba teniendo el mismo efecto.
―Tomamos la resolución de aislar las especies potencialmente destructivas, para limitar su mal y que no se expanda como un virus. Debíamos tener en cuenta que las barreras deberían ser inmunes a su desarrollo tecnológico, aunque a veces ocurren errores y debemos intervenir. 
La rabia me recorría con creciente intensidad y llegó a un punto en el que no pude contenerme más. Dejó de importarme el daño que pudiesen hacerme.
―¿Y quién os ha dado esa autoridad y esa superioridad para controlar los destinos del Universo? ¿Os aterran los conocimientos que podríamos llegar a compartir, lo lejos que podríamos llegar unidos? ¿No será que no queréis competencia en la supremacía?
―De hecho, la tenemos. ―La voz ni siquiera mostraba sorpresa o enfado por mi actitud―. No llegamos a tiempo de aislar a algunas especies que han formado una potencia contra nosotros. Por eso es tan importante que los inferiores no deis problemas, ya tenemos suficiente con un frente. 
―¡No tenéis derecho, no sabéis…!
―Si acaso crees que tu especie merece ir por ahí contaminando a otras, simplemente recuerda lo que hicisteis los primeros en tener naves cuando encontrasteis a otros de los vuestros en la otra punta de vuestro propio planeta. Recuerda lo que os volvisteis a hacer en cuanto pusisteis los pies en otro.
Seguía sin estar segura del lugar de donde provenía la voz, pero eché a correr, alejándome de los demás y gritando. No podía contener la furia que sentía al comprender que el sueño de mi vida nunca había podido cumplirse sólo porque otros lo decidieron sin preguntar. No me paré a pensar en que la habitación no se acababa, ni siquiera en que quizá la voz tenía parte de razón en algo lo que había dicho…

Volví a sentirme como cuando la luz me absorbió, pero esta vez fue oscuridad. Cuando abrí los ojos, estaba en otra sala también fuertemente iluminada pero llena de cacharros que no entendía. Unas sombras extrañas me rodeaban y se movían. No podía distinguir bien la forma que tenían, a pesar de la luz, lo cual me inquietaba.
―Vuelve a tumbarte, humana. Casi hemos acabado de entretener vuestras mentes para coger los datos necesarios. Después, si te dejas hacer, podremos poner los recuerdos apropiados para que vuelvas a tu planeta sana y salva, y para que a los tuyos no se les ocurra volver por aquí.
Sólo una de las figuras había hablado de forma que pudiese entender. Las otras también emitían sonidos, algunas bastante fuertes, pero no entendía nada. Ni siquiera parecía una lengua.
―No lo intentes, no puedes ver ni oír lo que nosotros no queramos. Vuelve a tumbarte para escuchar nuestras explicaciones, en cuanto hayamos terminado, os dejaremos ir. Esto que digo es lo que llamáis una promesa. Lo haremos.
Parecía serio, pero no me convenció. No pensaba quedarme a escuchar cosas que después me harían olvidar sólo para ser su conejillo de indias. No pensaba olvidar que había vida más allá.
Eché a correr sin saber a dónde, derribando los aparatos que pude y lanzando lo que podía coger hacia las figuras. Algunos me daban descargas, parecidas a chispazos, y no recuerdo haber acertado ningún blanco. Seguí corriendo hasta sentir que me empezaba a faltar el aire y me fallaban las piernas, pero por más que corría no veía el fin de la estancia.
―¿Qué parte de “la esfera utiliza dimensiones que no comprendéis” no entendiste bien?
Al darme la vuelta, vi las mismas figuras casi tan cerca de mí como cuando empecé a correr. Ni siquiera distinguía bien el suelo para poder comprobar si avanzaba. Empecé a llorar presa del pánico. Había cometido una estupidez. No tenía ni tan siquiera las más mínima idea de a qué me enfrentaba. No eran los típicos seres medio humanoides sólo que algo más fuertes y con mejores armas. No sabía qué aspecto tenían y no hacía falta, porque podían manipular cualquier cosa a mí alrededor. Me sentía como un hámster intentando huir dentro de una rueda, sin que pudiese hacer nada que fuese a servir para algo. Me sentía insignificante. De haber sido alguna vez creyente como mi padre, no me habría cabido la menor duda de que eran dioses.
―Muy bien, si no quieres comportarte… ―La sombra que hablaba se acercó a mí ignorando mis sollozos ahogados―. Tus amigos han visto cómo te acercabas más de la cuenta al extraño agujero negro que causaba la anomalía y este te engullía. Los humanos no entendéis ni algo tan sencillo como eso, os da miedo, así que no tendremos que volver a preocuparnos de vuestras aspiraciones en mucho tiempo…

Mientras hablaba, todo se fue volviendo negro, esta vez sin sentir que perdía la consciencia. El ambiente se fue haciendo más y más frío. Poco a poco, empecé a ver las estrellas. Entonces distinguí la nave. No mucho después, encendió los motores y se marchó por el mismo camino que habíamos tomado al llegar. 

Pude imaginar a la ingeniera, pensando que me había perdido por su idea de salir al exterior, llorando mientras tomaba unos mandos a los que no estaba acostumbrada. Imaginé a mi madre y a mi ex, enfadadas conmigo en mi propio funeral por no haberles hecho caso y haberme dedicado a la robótica, con los pies en la tierra.  A mis compañeros, negando con la cabeza al saber que la soñadora había encontrado su fin persiguiendo sus ideas ridículas. Recordé todo lo que me había llevado hasta aquí, a este vacío helado que me va paralizando. Y sonreí. Sigo sonriendo.

Sé que no me queda tiempo de vida, que pronto seré un cuerpo celeste más en la inmensidad de un espacio que nunca podré conocer como me habría gustado. Pero no me arrepiento de morir sabiendo la verdad, aunque nadie más la sepa, aunque el resto vayan a pensar que fui una estúpida. Poco me importa ahora lo que nadie crea ni opine sobre mí y mis ideas porque al menos yo sé la verdad. Ahora sé que tenía razón, que la había tenido siempre: 

Hay vida más allá. Que no la hubiésemos encontrado no significaba que no estuviera ahí.

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