Las muertes azul metálico

Este relato es de lo último que hice antes de alejarme de todo el mundo creativo, hace varios años ya… En su momento hice una acuarela mientras lo escribía, pero perdí ambas cosas. Fue hace pocos meses,  ya estaban intentando convencerme de que hiciese el blog, cuando encontré varias láminas de entonces, entre ellas la mariposa. Me puse a buscar y también conseguí el relato. Se que no está muy bien, al menos mirándolo después de los años, pero ha aparecido como una señal, un recordatorio de cuando sabía lo que quería, y tenía que ser el primero que pusiera aquí.

Las muertes azul metálico

La ciudad descansaba silenciosa en la oscuridad de la noche sin saber que no todos en su interior dormían plácidamente. Una extraña nebulosa azul oscuro parecía cubrirlo todo. Las pequeñas calles arboladas resonaban al ritmo de unos pasos a la carrera y de una respiración agitada. En los edificios de cristal se reflejaba una veloz sombra. Una chica corría asustada, huyendo. Estaba agotada y finalmente sucedió lo que llevaba un tiempo temiendo: sus cansadas piernas tropezaron con el suelo empedrado y cayó al suelo. Se giró hacia su perseguidor, dando por hecho que su agotamiento no le permitiría levantarse a tiempo. Unos ojos claros le devolvieron la mirada, con un gesto inexpresivo pero extrañamente aterrador. Lo último que vio fue una gran mariposa azul y negra…

Sara se despertó sobresaltada. Por la ventana entraba un poco de luz, aunque no tanta como la que debería entrar para ser su hora de despertarse. Se dejó caer de nuevo sobre la almohada; era la segunda vez que se despertaba antes de tiempo por culpa de ese extraño sueño. Aunque la otra vez quien era perseguido era un chico mayor. Pero ambos sueños tenían en común la mariposa y que aquellos chicos le resultaban familiares. Decidió vestirse y empezar su jornada antes, para aprovechar el desvelo.

El hecho de soñar con mariposas no le sorprendió lo más mínimo. No en vano eran su animal favorito. Desde niña, siempre le había maravillado como unos seres tan perfectos y bellos podían vivir tan sólo unos días, semanas o, como mucho, un par de meses. Le hacía reflexionar a menudo sobre la fugacidad de la vida y preguntarse por qué dedicaban casi toda su vida a prepararse para construir unas alas con unos patrones y colores tan sorprendes para morir poco después. Siempre le gustó mirar absorta cómo volaban con aquella curiosa cadencia mientras se preguntaba sobre cómo era posible que existiesen seres así. Sin embargo, esta mentalidad tan sentimental se unió a su introversión para dejarla sola ante los demás, que siempre disfrutaron especialmente burlándose de sus ideales. Los mayores le decían que sólo era envidia, que no les hiciera caso y que intentara hacer nuevos amigos. Pero ella había llegado a asumir no quería relacionarse con los demás. Quizá, como mucho, para mantener relaciones comerciales estrictamente necesarias. Era lo que había elegido y estaba feliz con ello. Su abuelo, la única persona que la había entendido alguna vez, le decía que peor que la soledad era sentirse sólo mientras se está rodeado de gente.

Todo esto iba pensando de camino al mariposario. Era un gran invernadero construido en una parte del jardín de la ciudad, donde vio por primera vez a las mariposas. Desde entonces solía acudir con frecuencia a mirarlas, cuidar las plantas y limpiar la zona, de modo que terminaron por ofrecerle un trabajo a cargo del mariposario, lo que le venía muy bien para ir ahorrando e independizarse.

 Pero ese día se quedó helada al entrar. Había dentro un grupo de chicos y chicas que conocía bien, mirando un grupo de mariposas azules. Intentó ignorarlos y coger sus herramientas pero no pudo evitar que se dirigiesen a ella.

 ―Hola, ¿has visto las noticias hoy?  ―dijo una chica morena de gesto amable―. El asesino de las mariposas ha vuelto a actuar. Estábamos comentando que éstas se le parecen mucho.

―No sé de qué me habláis… ―respondió hoscamente intentando apartarse de los demás. Tampoco entendía para qué se dirigía a ella.

― ¿Cómo que no…?―empezó uno de los chicos, arrugando mucho la cara.

― ¡Claro! Seguramente, en tu maravilloso mundo ideal no existen cosas como los asesinatos―le espetó el otro gesticulando mucho con los brazos. Su agresividad le chocó; seguía sin saber para qué se dirigían a ella―. Pues que te enteres, primero mataron al que iba con nosotros a natación y una semana después a la hija de los heladeros. Y encima de sus cuerpos había una mariposa azul. Por eso hemos venido, y tú deberías ayudar.

Nunca le había gustado mucho ver la tele, pero esa información le chocó. De algo así debería haberse enterado.

―Precisamente tú, tan obsesionada con las mariposas, deberías estar al tanto de estas cosas ―añadió con malicia y gesto burlón una chica rubia, precisamente quien menos quería que le hablase―.  Ah, y ella tiene razón, se trata de estas mariposas. Son Morpho peleides.

Ella siguió dando datos de la especie, fingiendo que la ignoraba. Mientras el grupo admiraba su inteligencia y su modestia brillaba por su ausencia, la chica le lanzaba miradas malévolas con una amplia sonrisa. Sara sabía muy bien por qué conocía ella ese tipo de mariposa. De niñas habían sido muy amigas y había compartido con ella todo, incluido el nombre de su mariposa favorita. Aquella era la que más le gustaba, por el contraste tan hipnótico entre negro y azul metálico. Su amiga siempre intentó sin resultado hacerla más “normal”. El resto del grupo también fueron amigos suyos y también lo intentaron. Sara se limitaba a ignorar esos consejos, puesto que no podía ni quería cambiar lo que era. Según pasaban los años, ella se aislaba, mientras los que había llamado amigos se convertían en el tipo de personas que más despreciaba. Hace ya tiempo que sólo siente odio por todos ellos, mientras que ellos se dedican a burlarse de ella a la menor oportunidad, en especial, la que fue su mejor amiga. Sólo la morena actuaba diferente, pero no quería ponerse en contra de los otros.

Resentimientos aparte, lo que habían dicho la había impresionado profundamente, porque ahora recodaba bien a los chicos de sus sueños. El primero había hecho un infierno del poco tiempo que pasó con ella en natación, con sus insultos y amenazas. Terminó cogiéndole pánico a la natación y a ese chico y tuvo que renunciar a su afición. Hacía unos días se lo encontró saliendo del invernadero. Ese día se le había hecho de noche mirando sus morpho azules y él le estuvo recordando sus tiempos de natación e insinuando tonterías. Le dio una respuesta seca y airada y se fue corriendo a casa. Fue esa noche cuando tuvo el primer sueño.

En cuanto a la chica, se la cruzaba todos los días de camino al invernadero, dado que la heladería de sus padres estaba en una esquina del jardín, y ni un sólo día se libraba de comentarios despectivos. El día anterior se dignó a responderle cuando volvía a casa. La chica se enfadó y la amenazó con ir a hacerle “una bromita” en su querido invernadero. Pero ella tenía la llave así que se limito a continuar con su camino con indiferencia.

Pero lo que más le llamaba la atención era que apareciese junto a ellos su mariposa favorita y esta misma también apareciese en sus sueños.

En medio de estas reflexiones salió de allí, con la intención de darse una vuelta y despejarse, cuando una mano amable la detuvo.

―Mañana es mi cumpleaños y haré una fiesta. Me gustaría que vinieras, y poder olvidar todos estos malos rollos  ―le ofreció la chica morena.

La propuesta le sorprendió. Una fiesta no era nada que le apeteciese demasiado, era una situación en la que se suponía que habría gente, y eso no le gustaba, sobre todo si no les conocía. Pero terminó aceptando, entre titubeos. Quizá aún pudiera tener una oportunidad de tener alguien que la acompañase en su vida. Aunque fuese escogida, a veces la soledad pesaba mucho, y sus mariposas no le respondían a sus problemas ni la reconfortaban.

De modo que al día siguiente se encontró a sí misma sentada en un local, comiendo comida basura y escuchando una música horrible que todos bailaban del mismo modo. Cerró sus ojos azules con pesadez. No era exactamente lo que esperaba de la chica que había sido amiga suya hace tiempo. Sin duda, se había dejado influenciar demasiado. También ella había cambiado a peor. Todo eso le estaba causando dolor de cabeza, por lo que le comunicó a la anfitriona que se iría a su casa. Ella, bastante entristecida se ofreció a acompañarla.

―Mira, lo de invitarte a mi fiesta, en realidad, fue idea de ellos ―confesó entre susurros la chica, cabizbaja―, para que te mezclaras con la gente y dejaras de ser tan… así. Pero yo ya sabía que no iba a funcionar, esas mariposas te hacen estar demasiado…

― ¡Vaya! ¿A la espiritual esta le ha sentado mal el contacto con nosotros, indignos  mortales? ―interrumpió a sonoras carcajadas esa odiosa rubia, que al parecer, las había seguido― Ya sabía yo que esto no iba a funcionar, tú no eres normal ni lo serás. Hice bien en apartarme de alguien como tú, menuda opinión tendrían de mí si me relacionasen contigo. La de tonterías que llegaste a contarme cuando me tenías por tu mejor amiga, qué fastidio.

La chica se guía quejándose sin parar, escupiendo un inusitado odio en cada uno de sus gestos. Parecía como si de verdad estuviese molesta por cómo terminó su relación. Pero no pudo llegar a preguntarle por qué se había puesto así. Estaba empezando a sentir que el suelo se movía y que todo se volvía borroso por momentos.

―Oh, ¿qué ocurre? ¿A la señorita no le sienta bien el regalito que le ha puesto su amiga en la bebida para animarla?

― ¿¿Qué?? ¿Qué has hecho? – gritó alarmada.

― ¡Tienes que entenderlo! ―Sus ojos rezumaban auténtico miedo mientras se alejaba de ella― Yo te apreciaba y sufría al ver como todos buscaban la mínima ocasión para dejarte en ridículo. Pensé que si probabas un poco, verías que no era tan malo e intentarías llevar una vida más… como la nuestra. Yo solo quería ayudarte…

Su cara entristecida comenzó a hacérsele cada vez más borrosa y apenas escuchó lo último que le dijo, antes de que un tono azul oscuro la rodeara por completo…

Cuando recuperó la consciencia, lo primero que vio fue una hilera de sangre brotando de entre sus cabellos oscuros. Los demás retrocedían boquiabiertos y horrorizados.

―Eres un monstruo…

Entonces comenzó a recordar. Cómo la chica decía que estaba obsesionada con las mariposas y que si no terminaba con eso, lo haría ella misma… Cómo la hija de los heladeros corrió hacia el invernadero enfadada por la pasividad con que había sido respondida… Cómo el chico de natación la siguió acosándola e intentando apresarla… Entonces todo se cubría ante ella de una niebla azul y su mente dejaba de ser suya. Y después la mariposa…

Mientras observaba cómo una agonizante Morpho peleides, con sus alas azul metálico y negro, bajaba sobre el pecho herido de la chica llenando el aire de brillantes puntos, cayó al suelo abatida, con lágrimas en los ojos y sin poder evitar preguntarse por qué había tenido que morir la única que no la odiaba mientras los demás, y sobre esa detestable chica, seguían ahí mirándola.


 

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